La pandemia del covid-19, que ha contagiado a más de 13 millones de personas y ha causado cerca de 550.000 muertes alrededor del mundo, nos ha cambiado de muchas maneras: la forma en que nos relacionamos con los demás, cómo usamos los espacios, la manera en que viajamos.

La forma en que nos vestimos.

Y una de esas prendas nuevas que ahora son parte del paisaje cotidiano son las mascarillas.

La nueva evidencia de que el uso masivo de mascarillas puede “prevenir una segunda ola de covid-19”

Al principio la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendó la mascarilla solo para el uso médico. Pero a medida que el virus se iba extendiendo por el mundo, su uso comenzó a popularizarse como una medida de protección frente al covid-19.

Mientras los habitantes de distintas latitudes se van ajustando a esta nueva prenda, Japón lleva décadas -incluso siglos- usando la mascarilla como un elemento de su vida diaria.

“Cuando alguien está enfermo, por respeto al otro, usa el tapabocas para evitar contagiar a los demás”, le dice a BBC Mundo Mitsutoshi Horii, profesor de Sociología de la Universidad de Shumei, en Japón.

“Pero no es la única razón por la que los japoneses tienen tan instaurado este hábito. No solo es una práctica colectiva desinteresada, sino un ritual autoprotector del riesgo”, añade.

Varios analistas señalan que el uso extendido de la mascarilla, que se ve en la sociedad japonesa desde hace décadas, es una de las razones detrás de la tasa baja de contagios y muertes por covid-19 (hasta este 15 de julio, el país contabilizaba más de 22.000 casos y 984 decesos).

Es la menor tasa entre los siete países considerados como las economías más grandes del planeta (EE.UU., China, Alemania, Francia, Reino Unido y Canadá).

Pero, ¿dónde surgió ese hábito dentro de la cultura japonesa?

“Aliento sucio”

Existen registros que muestran que durante el período Edo (1603-1868) las personas se cubrían el rostro con un pedazo de papel o con una rama de sakaki, una planta considerada sagrada en algunas regiones del país, para evitar que saliera su aliento “sucio” hacia el exterior.

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“Hay algunas referencias a este tipo de prácticas en los libros, pero lo cierto es que no estaban extendidas como ahora ocurre”, explica Horii.

“En ese entonces, aunque había un concepto de limpieza, no había tanta conciencia sobre los efectos que tienen los virus y los microbios en nuestra salud como ahora”, explicó el sociólogo.

Lo cierto es que, de acuerdo con Horii, hay un momento claro en la historia en que las mascarillas se incorporan entre los hábitos de los japoneses, y ese momento es la pandemia por la llamada gripe española de principios del siglo XX.

En Japón, esa pandemia causó cerca de 23 millones de contagios y 390.000 muertes, en un país que por entonces tenía 57 millones de habitantes.

“El gobierno de Japón combinó una estrategia de vacunación, aislamiento y uso de máscaras quirúrgicas o tapabocas para detener esa pandemia, que finalmente ayudó a controlar la crisis”, señala Horii.

“El asunto es que la gente lo asumió como parte de su folclor, señalando que las mascarillas además eran una barrera entre el aire puro y la polución”.

Sin embargo, el uso de esta protección durante la pandemia de la gripe española fue una práctica extendida alrededor del mundo.

Pero entonces, ¿por qué solo los japoneses (y algunas otras sociedades asiáticas en menor medida) continuaron utilizando los tapabocas como parte de su cultura?

Para el profesor de historia japonesa de la Universidad de Georgetown George Sand, hay varios factores que influyen en que el país haya adoptado esta prenda protectora como parte de su día a día.

“Hay una falsa creencia de que los japoneses adoptaron esta medida porque sus gobiernos son autoritarios y se trata de una obediencia ciega a las disposiciones gubernamentales, pero no es así”, señala Sand. “Lo hicieron porque confiaban en la ciencia. El uso de mascarillas era recomendación científica, vista por los japoneses de ese entonces, en un país que estaba en un proceso de industrialización, como la adaptación al mundo moderno, como un avance tecnológico”, agrega.

Epidemia del SARS

Tras la pandemia, señalan tanto Horii como Sand, lo que ocurrió fue un fenómeno de “hacer lo que otros comenzaron a hacer” y eso ayudó a popularizar el tapabocas.

“En el nuevo milenio, las mascarillas en Japón se volvieron omnipresentes, no tanto por las directivas estatales o aspiraciones cosmopolitas, sino por lo que en psicología se conoce como ‘estrategia de afrontamiento’, además de por una elección estética”, señala Sand.

La estrategia de afrontamiento, según la teoría, abarca los recursos externos e internos que utiliza una persona para poder adaptarse a un entorno que lo estresa.

Una de las mayores pruebas del hábito de cubrirse la boca en público en la cultura japonesa fue la epidemia del Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS, por sus siglas en inglés), que golpeó el sudeste asiático en 2003.

“Mientras en el resto de la región el virus afectó con fuerza a sus habitantes, en Japón no hubo víctimas”, señala Horii.

En China, el SARS causó más de 5.000 contagios y cerca de 350 muertes. En Japón solo se presentaron dos contagios y ningún caso fatal.

“Y eso no solo comprobó que los científicos tenían razón sobre el uso de tapabocas para evitar el contagio, sino que afianzó mucho más su uso”, anota el académico.

Horii agrega que la emergencia que vivió el país en 2011, tras un tsunami que destruyó la planta nuclear de Fukushima, también ayudó a instalar aún más la necesidad de protegerse frente a lo que traía el medio ambiente.

Con la aparición del coronavirus, Japón estableció de una manera distinta la estrategia para combatir el virus: no hizo confinamientos prolongados.

“Es un tema cultural. Ellos adoptaron el uso de las mascarillas por muchas razones: para proteger a otros o a sí mismos, para ocultar su falta de maquillaje, para preservar su privacidad, o simplemente porque pensaban que las máscaras se veían bien, pero nunca por una imposición del gobierno”, concluye Sand.

“Y eso, al afrontar una pandemia de la gravedad que estamos viviendo, puede marcar la diferencia de cientos de miles de muertos que estamos viendo en EE.UU. o los que tiene Japón, que no llegan a 1.000”, agrega.

 

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